El inspector se subió la solapa de su gabardina gris al tiempo que lanzó un último vistazo a la escena del crimen. Su pipa despedía tímidas volutas de humo.
En el mantel de lino blanco, tres gotas de vino tinto, dos besos mal dados. Y un servilletero de plata con el móvil del crimen grabado, impreso en letra inglesa y elegante.
Salió con aire distraído, dejando la puerta entreabierta y sin mirar atrás. Y un rastro de insolentes huellas carmesí le persiguió bajo la luna y sobre la nieve...
Tuve un flash a Sherlock Holmes!
RispondiEliminaMuy bueno.
Saludos desde Argentina.