Tu mirada me interroga burlona, esperando un recital de maravillas, promesas de caramelo y castillos cimentados en el aire de nuestros alientos. Mejor sería que me pidieras la luna, pero no. Solicitas con premura que ensarte cuentas de colores en los hilos que dejan tus pasos perdidos, y ni te paras a pensar que hace tiempo que perdí mi caja de abalorios, que rodaron y rodaron, y se hundieron en el fango de mis miedos, y germinaron en plantas de plástico de ésas que se ven las ventanas de las oficinas.
No hace falta regarlas, ¿sabes? ni abonarlas, ni podarlas. Brillan para siempre bellas e inertes, porque los sentimientos son incapaces de atravesar su carcasa made in Japan y marchitarlas. Pero a lo que iba, que no me pidas bolitas de colores ni abrazos de Papel Pinocho, que mi zurrón no contiene más que realidades fragmentadas y vueltas a recomponer, una amalgama de posapáginas, pisavasos y marcapapeles que no terminan de acoplarse.
Como nosotros.
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