
Muérdeme en el centro del miedo, mientras susurras al bies de mis latidos que ya nada es lo mismo aunque todo siga igual. Y bájame los párpados a golpe de promesas, qué más da si no las cumples, qué me importa que tu voz me regale perlas que se derriten al calor de tu aliento, si mientras tanto serpenteas vericuetos de deseo en la curva de mis omóplatos. Cúrvate ante los ruegos de mis dedos, que te indagan en la sombra del jadeo, arqueando imposibles, horadando mañanas, y ocasos, y siempres.
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