Y sintió la sal en sus pupilas, ardiendo entre celestes y dorados. Y sus manos se hundieron en la arena mientras un susurro de mar le erizó el vello de la nuca. El mechón de su inconsciencia se arremolinó en torno a las sienes perladas.
Ya no quiso volver. Se perdió entre el mecer de sus ideas azules y el vértigo de la corriente inversa.
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