lunedì 24 giugno 2013

No son ni las ocho de la mañana


y ya están montados en el tren,


de espaldas al destino.




Él duerme encajado en la clavícula prestada


con su torso en una diagonal desprevenida.


Ella baila entre el lóbulo de él


y el inicio de su mandíbula, apenas definido.


Son muy niños; se sorprenderían al saber


que ambos tienen los labios entreabiertos


a la vez.


Ella le acaricia las sienes sin mirar.







(La indolencia es evidencia de juventud;


la piel sana,


una bomba de relojería por fricción


que me estalla en la cara cuando intento mirar


para otro lado.)






La nuca de él se quedó varada en los nueve años.


Ella lo sabe y, mientras intuye un remolino con sus yemas,


mira por la ventana



y se resigna a no tener ángulo de apoyo.

2 commenti:

  1. tengo muy a menudo
    nuca con remolino en la punta de los dedos
    tren con prisa que pronto me traslada al origen

    releo tus palabras y me alegra
    saberme sospechosa, otra vez,
    de ser niña.

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