No
son ni las ocho de la mañana
y
ya están montados en el tren,
de
espaldas al destino.
Él
duerme encajado en la clavícula prestada
con
su torso en una diagonal desprevenida.
Ella
baila entre el lóbulo de él
y
el inicio de su mandíbula, apenas definido.
Son
muy niños; se sorprenderían al saber
que
ambos tienen los labios entreabiertos
a
la vez.
Ella
le acaricia las sienes sin mirar.
(La
indolencia es evidencia de juventud;
la
piel sana,
una
bomba de relojería por fricción
que
me estalla en la cara cuando intento mirar
para
otro lado.)
La
nuca de él se quedó varada en los nueve años.
Ella
lo sabe y, mientras intuye un remolino con sus yemas,
mira
por la ventana
y
se resigna a no tener ángulo de apoyo.
todos fuimos ellos
RispondiEliminatengo muy a menudo
RispondiEliminanuca con remolino en la punta de los dedos
tren con prisa que pronto me traslada al origen
releo tus palabras y me alegra
saberme sospechosa, otra vez,
de ser niña.