contra
la espesura color pastel
de
las nubes.
Agosto.
Gineceos
rebosantes de abejas reinas
que
mandaban acuchillar el parqué
de
sus panales
y
envasaban mieles sin labio,
enrolladas
en sus batas
bicolor.
Se
dibujaba una colmena de rectángulos pardos
y
la sombra anoréxica de las farolas
era
cicatriz.
Ladrillo.
Zánganos
panzudos con sudor
en
el aliento,
masticaban
palillos estirando el tiempo
contra
los respaldos raídos.
Esperaban
a la nada,
con
una prisa asquerosamente horizontal.
Se
dibujaba una colmena de molduras de saldo
encajonadas
entre las plazas,
los
columpios.
Muertos.
El
comercio se despachaba en zapatillas y
la
silueta resultante
era la de nuestra falsa trivialidad
tras
las rutinas pactadas.
Bebo
de este origen
para
no perder los límites.
Las colmenas no tienen alma.
RispondiEliminaNi las almas tienen cuervos
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