-... y para mí, un zumo de naranja.
El pianista tocó un sí sostenido que erizó el vello en la nuca del limpiabotas. El camarero dejó de secar vasos y la miró lentamente. Dejó el trapo sobre la barra de mármol blanco y, con voz trémula, preguntó:
-¿Estás segura?
Por respuesta, obtuvo la explosión de un chicle insultantemente rosa a escasos centímetros de su nariz. Consciente de la trascendencia del momento, se dirigó hacia el frutero. Escogió a sus víctimas tembloroso y, cerrando los ojos, levantó el cuchillo. El limpiabotas tapó su cara con las manos mientras el pianista llegaba a una coda eterna que sólo alcanzó su último armónico cuando dos disparos de pulpa alcanzaron la mejilla de la dama misteriosa. Mortalmente.
Sonó un trueno. El camarero sabía que no había marcha atrás. Cogiendo los pedazos de cadáveres cítricos se resignó a terminar con aquel macabro ritual. El limpiabotas frotó tan fuerte la puntera que tenía ante sus ojos que sus nudillos se volvieron blancos. Las vísceras naranjas se despedazaban lentamente bajo las manos del camarero, que las aplastaba con una furia incapaz de disimular el pánico que le entrecortaba el aliento.
Un tímido goteo indicó que la sangre había comenzado a manar. Sonó otro trueno y el limpiabotas soltó su cepillo, que dibujó una parábola perfecta en el aire antes de caer a los pies de un pianista fuera de sí, atrapado por el tempo de una sinfonía que parecía no tener fin.
Pero lo tuvo.
- ¿Qué te debo?
-Son 3,50.
-Joder con el zumito.
me las quiero dar de listo y por eso te digo es muy atrevido lo del sí sostenido, porque, técnica y prácticamente es igual a do.
RispondiEliminasiempre