(Ἀνδρομάχη, aquella cuyo varón está batallando)
Qué rito de paso,
suplantar huecos y latidos amados
al calor de las circunstancias.
Nunca anheladas,
siempre cíclicas,
como lo es el ardor del destino,
esa tormenta de verano
fraguándose en la tibia lejanía
del futuro.
La tempestad descuartiza los recuerdos,
las posturas, las certezas de piel,
y reacomoda
los besos y las memorias
a nuevos moldes.
No es verdad
que los cuerpos sean mástiles infalibles.
No es verdad
que mis ecos siempre rebotarán en tus pupilas.